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Mario Marcel: El ministro fariseo

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La salida de Mario Marcel del Ministerio de Hacienda no es solo el fin de un ministro: es el fin de una ilusión cuidadosamente fabricada. Se nos vendió durante años la imagen del “adulto en la sala”, del técnico serio que pondría orden frente al desorden del Frente Amplio y el Partido Comunista. Se nos dijo que encarnaba disciplina, prudencia, credibilidad. ¿Y qué nos deja? Más deuda, menos ahorros, un déficit fuera de control y un ajuste inevitable que deberá ejecutar el próximo gobierno.


Marcel prometió un ajuste fiscal. No lo hizo. Prefirió el cálculo político antes que la responsabilidad económica. En 2024, el déficit estructural alcanzó 3,2% del PIB cuando él mismo había prometido 1,9%. Para este año aseguró un déficit de 1,1%, pero ya bordea el 1,7%. En cualquier país serio, esos números le habrían costado el cargo mucho antes.


La deuda pública habla sola: 37,8% del PIB en 2022, 42,2% este año. Treinta y cinco mil millones de dólares extra en apenas tres años, con autorización para endeudarse por otros 16 mil millones más. Como si fuera poco, Marcel metió mano al Fondo de Estabilización Económico y Social, dejándolo vacío, y le dio un zarpazo de 3.500 millones de dólares a Corfo, recursos del litio que debían ser inversión y terminaron en gasto corriente. Pan para hoy, hambre —y deuda— para mañana.


La herencia es un campo minado: vencimientos por 50 mil millones de dólares que solo podrán cubrirse con más deuda y a tasas de interés más altas. El Consejo Fiscal Autónomo levantó alertas una y otra vez. ¿Qué hizo Marcel? Las ignoró. ¿Qué hizo el oficialismo? Intentó capturar al organismo para silenciar las advertencias. El problema no era el déficit, era que alguien se atreviera a decirlo en voz alta.


Lo más indignante es que todo esto ocurrió en medio de precios récord del cobre y el litio, sin crisis externas ni catástrofes internas. Era el momento de ahorrar y blindar al país. Fue un momento desperdiciado. Resultado: un crecimiento raquítico (2,3% este año y 2,1% el próximo, según J.P. Morgan), una cesantía del 8,9% y una informalidad laboral que saltó del 32% al 37,2%.


Y como si el guion no pudiera volverse más tragicómico, al frente de Hacienda llega Nicolás Grau. No un técnico respetado, sino un militante del Frente Amplio célebre por declarar que “la inflación beneficia a las pymes”. Según su teoría, las pequeñas empresas pueden subir precios y compensar los costos. Una ocurrencia que haría sonrojar a cualquier estudiante de primer año de economía. Su historial de errores en la ley de pesca tampoco inspira confianza. Chile necesitaba certezas, y recibe experimentos.

El contraste es brutal. Pasamos de un ministro con prestigio internacional —que prefirió la comodidad política al deber fiscal— a un ministro cuya credibilidad es endeble incluso en su propio sector.
Por eso hablar de un “legado Marcel” es casi un chiste cruel. Lo que deja no es legado: es una mochila fiscal insoportable, un ajuste ineludible estimado en 6.000 a 10.000 millones de dólares, y una institucionalidad debilitada. Marcel no será recordado como el guardián de la responsabilidad fiscal, sino como su enterrador.
En el fondo, lo suyo fue un acto de fariseísmo político y económico. Se presentó como el custodio de la prudencia, el hombre de la austeridad, el técnico que frenaría la demagogia. Y terminó siendo exactamente lo contrario: el fariseo fiscal que predicaba responsabilidad mientras vaciaba los fondos, inflaba la deuda y trasladaba la cuenta al futuro.
La ironía es amarga: Chile no perdió al “adulto en la sala”. Descubrió que el adulto era solo una máscara. Detrás había un ministro más, otro político dispuesto a hipotecar su prestigio por conveniencia. Y ahora, la economía queda en manos de Grau.

Si lo de Marcel fue decepción, lo que viene promete ser improvisación.

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Auditor de riesgo financiero. Magíster en Finanzas e Inversiones. Ex auditor financiero del Banco Central de Chile. Fundador de «El Toro de Wall Street». Trader de divisas y commodities en Capitaria.

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