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Las razones de lo educativo

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Para todos es evidente, hace años, que la educación está sometida a una crisis sin precedentes. De ser una preocupación principal durante el siglo XIX e, incluso, arma para la movilidad social durante el XX, ya en el siglo XXI los parámetros parecen haber cambiado. Este parecer, sin embargo, contradice los discursos políticos desde 2006 y su evidencia presupuestal. Desde hace tiempo el presupuesto nacional se ha enfocado en gastar más capital en mejorar la educación nacional. A pesar de los esfuerzos, los resultados no son halagüeños y la violencia se ha tomado los espacios educativos. Hoy día no es extraño ver en los noticiarios ataques de apoderados a profesores y niños, o ataques de estos últimos a sus propios profesores; salidas de estudiantes a las calles vestidos de overoles blancos lanzando molotovs a la fuerzas pública; mobiliario e infraestructura deficitaria; o, finalmente, rectores o directores alegando en matinales verse compelidos por las autoridades locales para no ordenar desalojos o aplicar la ley. En definitiva, ¿qué es lo que ha fallado?

Es evidente que la derecha tiene mucha culpa en todo esto. Puede sonar raro afirmarlo, puesto que la izquierda ha estado detrás de muchas de estas expresiones de violencia y decadencia. Sin ir más lejos, yo mismo presencié charlas del FPMR en el Liceo José Victorino Lastarria, de Providencia, durante la administración de Josefa Errázuriz, mientras hacía mi práctica profesional en dicho liceo. Con todo, hay una desprolijidad de la derecha en renunciar a dar la batalla por los colegios y mucho de ello ha sido a consecuencia del consenso liberal de los 90. Juan Cristóbal Demian explica, de manera brillante que, tras la caída del Muro, las lógicas fukuyamistas se extendieron por el globo, alegando que el liberalismo democrático había ganado la Guerra Fría y que los totalitarismos de toda laya habían caído en el olvido. Tras ese pseudo consenso, pareciera que un sector de la derecha asimiló que el sistema o modelo se sostenía por sí mismo, es decir, que la legitimidad del sistema recaería no en el trabajo profundo que implica el proceso educativo, sino en el consumo, en los viajes al extranjero y en todas las banalidades de lo que “se pueda comprar”. En consecuencia, la derecha, otrora actor importante en los sistemas educativos, especialmente durante el siglo XIX en que la preocupación de liberales y conservadores fue conformar una red educativa esencial, desapareció del mapa. La derecha nunca más se preocupó de lo educativo, alejándose de los grandes centros de discusión pedagógicas, relegándose a sí mismos a las faldas de la pre cordillera, donde parece que el oxígeno que necesita el cerebro para pensar con claridad, no existe.

Todo ello vino acompañado no solo de esta convicción tecnocrática, sino del cambio generacional en la derecha, supuestamente liberal, de corte progresista, que no entendió que Rousseau, el filósofo francés que escribió Emilio, o de la Educación (1762), era la base de una revolución deleznable que empujó a un sinnúmero de intelectuales y profesores a creer que no eran relevantes, que su papel era menor en el proceso educativo. El profesor, como diría otro francés, Jacques Ranciére, es un ignorante que, humildemente, vendría a aprender, al igual que los estudiantes, generando una simbiosis dinámica entre las partes, de aparente retroalimentación efectiva. Mientras esto ocurría, los comunistas, que nunca creyeron en las patrañas posmodernas, ni mucho menos en el pregón educativo de Rousseau, siguieron al psicólogo del régimen soviético, Lev Vygotsky, y reafirmaron el papel del educador como necesario, fundamental, inigualable a la hora de la conformación de las mentalidades. La única manera que el estudiante se desarrolle es por medio de la apropiación de complejas mecánicas psicosociales y, en ello, es relevante la mediación cultural y las interrelaciones sociales, cuyos principales gestores son la familia y la escuela. Por lo mismo, la izquierda, viendo el espacio libre de una derecha abyecta, ocuparon todos los espacios educativos y han ido en demanda de la intervención de la familia, como último escoyo para cumplir con su meta. Fruto de ese esfuerzo es la internalización de conceptos como ocupación de los espacios, relevación de la cultura del estudiante, sexualidad integral, autonomía progresiva y un conjunto de ideas que han ido contaminando las escuelas nacionales, trastocando la naturaleza propia del fenómeno educativo.

En conclusión, el baile es de dos. La izquierda solo aprovechó la oportunidad que la ignorancia y la obnubilación de la derecha propició. Hace tiempo que algunos pensadores, de centro y derecha, han querido abrir espacios de reflexión para que nuestro sector entienda el papel que le cabe y el verdadero rol que tiene el profesor en el aula. En la medida que se entienda que el pedagogo no puede entrar a una sala creyendo que no tiene nada valioso que entregar a sus estudiantes, que las ideas que se transmiten y se discuten son relevantes, y que tener influencia en los espacios educativos es importantísimo a la hora de la preeminencia ideológica y prevalencia social de nuestro sector, la derecha puede aspirar a cambiar el escenario. De otro modo, estamos acabados.   

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Filósofo y Profesor. Máster en Política y Gobierno. Autor del libro “Girar a la derecha. Lineamientos para una reacción del sector” (2021). Miembro de Revista Individuo.

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