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La clave histórica y la oferta posmoderna

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La Historia, sin temor a equivocarse, puede ser leída en clave. Esto no quiere decir, por de pronto, que esta contenga leyes inexorables, marchas deterministas que, como bien dijo Karl Popper, más de alguna locura han justificado y más de alguna vida se han cobrado. En cambio, leer de la manera señalada significa un esfuerzo por comprender el devenir y destino, si es que podemos llegar a cavilar los designios de lo Altísimo. A mayor abundamiento, detrás de la clásica división periódica de la historia humana, se puede vislumbrar una cierta dinámica esencial, que puede enriquecer nuestra percepción de los acontecimientos y, en particular, de la posmodernidad y su “oferta”, en tanto ausencia de una cosmovisión y lo que ello implica.

Para esto, podemos tomar como base la interrelación entre el hombre y su mundo. Ambos conceptos son importantes para determinar la dinámica humana y su significado histórico, ya que el primer descubrimiento ontológico que define lo humano es el encuentro de sí mismo, rodeado de un conjunto de otros elementos que no son Yo. Incluso, me atrevo a decir, antes que el encuentro con mi Yo y su definición, nos enfrentamos con aquello “otro” y lo consideramos, en razón de lo mismo, como parte de una primera noción de nosotros mismos, porque no logramos interpretar de otra manera lo que nos circunda. Sin tener mayor conocimiento acabado de ese Yo, que se irá configurando en el camino, consideramos todo lo demás como parte de una primera noción de nuestra mismisidad, un campo entregado a nuestra voluntad (elemento no totalmente conocido, pero que intuimos). Y aunque, en primera instancia, gracias al abrigo de “lo social”, primordialmente al ambiente familiar, todo lo “otro” se pliega, en primera instancia, a nuestros deseos, pronto nos vamos encontrando con que la “otredad” también tiene una dimensión hostil. Es decir, no todo lo que se nos presenta está llano a converger con nuestro querer. Entonces, se nos hace patente el concepto de frustración y esto llegará a su punto máximo cuando aparecen en nuestro horizonte vital aquellos “otros” que simplemente nos rehúyen, nos califican, nos definen porque son “otras” voluntades. El hallazgo de “los demás” irá configurando un entramado de relaciones que, tarde o temprano, calificaremos de “sociales” y les daremos la mayor de las importancias pues, en una dinámica de encuentros y desencuentros, nos iremos definiendo a nosotros mismos en relación con ella. Con todo, sumado a ello, en una muestra de capacidades notables, el hombre irá incorporando la habilidad, más o menos fina, dependiendo de la época, de obtener una mirada profunda y abstracta de aquello que le rodea, comprendiendo esta dinámica social de voluntades codependientes de la que hablábamos, en un contexto determinado que la sobrepasa; ha logrado pispar la existencia de una circunstancia más abarcadora y mucho más presente que cualquier otro fenómeno que haya presenciado o vislumbrado: la otredad absoluta. Nótese lo relevante de este darse cuenta de la humanidad. En la medida que se va encontrando con estos hallazgos, los individuos van estableciendo relaciones de relativa dependencia o codependencia con aquellos elementos que configuran la “otredad”: primeramente, con aquellas entidades que “están ahí” como objetos y, segundo, con aquellos compresentes que son “los demás”. No obstante, aquello, al momento de visualizar el máximum otro, simplemente la dependencia pareciese hacerse absoluta. Ciertos rasgos de “Eso” recalcan gravemente mi inanidad y mi total incapacidad de hacer mi voluntad, especialmente, porque siempre se ha experimentado eso “Otro” como arcano, secreto, imposible de entender, aunque sí de comprender en la medida que sospecho sus prerrogativas[1]. Finalmente, como puede sospecharse ya, esa relación es capital en nuestro desarrollo como humanidad: en la medida que resolvemos algunos de los problemas que esa “otredad” máxima y absoluta manifiesta o plantea, siempre manteniendo un equilibrio vital con “Ella”, que no busque subvertirla o trastocarla, entonces el ser humano logra evolucionar en su comprensión de la realidad y crece espiritualmente. Cualquier cambio en esta dinamis pareciera quebrar esta simbiosis benéfica que implica el relacionarse en estos términos con la “Otredad”.  

Y he aquí que comprendemos cómo esta relación con aquella “otredad máxima” configura la Historia. Si atendemos a la habitual división de nuestro trayecto histórico, según determinados acontecimientos relevantes o, quizá, “momentos estelares”, como los llamó Stefan Zweig, podemos notar, a las claras, que palpita en ellas la dinámica referida, en más de alguna ocasión planteada desde una sumisión total respecto de esa “Otredad”, entendiéndola desde diversas perspectivas, o en franca rebeldía frente a la misma. Cada época histórica tendrá determinadas características a partir de cómo nos posicionamos respecto de esta relación.

Así, la prehistoria humana, que parte allá por los 6.000.000 de años a.C. y que termina con la aparición de la escritura cerca del 3.000 a.C., con la agricultura como hecho basal que determina el paso del Paleolítico al Neolítico, podemos dar cuenta de un individuo totalmente entregado a la omnipotencia de la “Otredad”. El temor y el cuidado son los rasgos característicos de un homínido que irá evolucionando en la medida que logra resolver los problemas inmediatos que plantea “lo Otro”. En más de alguna ocasión sucumbe ante ella, pero irá desarrollándose, hasta el punto de develar el primer y quizá más importante arcano de esa otredad: la clave de la sobrevivencia. La historia es ya sabida. Resolviendo o dando una solución al menos estable al problema material, se abre luego la preocupación por lo espiritual, tomando aquellas fuerzas de “lo Otro” un significado. El pseudo lenguaje aparecido en algunos homínidos se irá refinando, y se abrirá la llave de la imaginación. Entonces, eso que consigue subyugarme, y de lo cual depende un cultivo exitoso, toma nombre y rasgos superiores: aparecen los dioses, asociados, por de pronto, a los ciclos de lo que damos en llamar Naturaleza. Pero, tarde o temprano, a raíz de la complejidad que van a adquirir las primeras civilizaciones, los dioses, que no son más que accidentes de lo esencial que es aquello “Otro”, van a ir relacionados con otros aspectos de la vida humana, hasta que, con el mundo grecorromano, se suceden los primeros cambios en esa relación con lo “eterno Otro”. Será la ocasión de los primeros atisbos de una rebeldía que irá tomando forma cada vez más humana, demasiado humana. Los dioses, se pretende, pueden ser descifrados o entendidos. Se confía en la inspiración de las musas y se lamenta los caprichos tan humanos de los dioses, que son capaces de bajar del Olimpo a violar mujeres o niños, u otorgar su beneplácito a quién ellos quieran. Son tan humanos estos rasgos de “lo Otro” que, en cierto momento, nace la filosofía, ejercicio ambivalente con eso “Otro”, que busca, definitivamente, otorgar claridad a sus secretos, pero que, a la vez, como Heráclito, lo respeta. Este filósofo pretenderá que a “Aquello” se le escuche, pero no se le manipule.

Y aunque la civilización romana tomará un camino parecido al griego, desde las mismas entrañas del Imperio nacerá el cristianismo, elemento cultural que propagará y hegemonizará otra forma de relación con “lo Otro”. Tras la caída del Imperio Romano de Occidente en el 476 d.C. se abrirá la puerta para un retorno, el regreso del secreto. El camino ya abierto por los griegos al momento de vislumbrar el Ser, toma forma en Dios, el único, innombrable e incomprensible, aunque sí entendible, por medio de las palabras legadas por Jesucristo y de los apóstoles quienes, bajo inspiración divina, redactaron los evangelios. Y aunque durante la Edad Media se inauguren universidades y estudios relacionados, la teología buscará resolver y comprender los problemas planteados, pero bajo el convencimiento que “los caminos de Dios son enrevesados e insondables”. De ahí que sean capaces de aceptar la paradoja básica de que Dios sea uno y a la vez trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se entiende, pero no podemos osar comprender a cabalidad. Así, el teocentrismo superará al antropocentrismo moderado del mundo grecorromano y, gracias al apoyo de una Iglesia organizada, se tomará Europa, centro del mundo considerado civilizado. Nada distinto postularán los heterodoxos de Constantinopla o el mundo árabe durante el medioevo: todo se reduce al secreto de aquello “Otro”, aunque tome distintas caras, según la tradición.

Posteriormente, la caída del Imperio Bizantino de mano de los turcos otomanos en 1453 volverá a hacer surgir los cuestionamientos de la rebeldía. Los teólogos bizantinos arrancarán en masa hacia las ciudades italianas, afanadas en el comercio internacional y el conocimiento de lo diferente. Ello alimentará la crítica, y entonces, se hablará equivocadamente de un Renacimiento. Se comenzará a mirar la época pasada como una de “oscuridad” y, aunque los humanistas no dejarán de creer en Dios y, por lo tanto, en la inmensidad de la “Otredad”, querrán saber sus secretos. Se sospecha los emisarios de la palabra divina nos han escondido los verdaderos designios del Altísimo. Se cree que ellos se aprovechan de su posición y el pensamiento comenzará a elevarse sin miramientos, esperando erradicar un supuesto lastre intelectual. Los primeros atisbos de ese pensamiento independiente –y entiéndase el comentario como la formulación de ideas cada vez más al margen u obviando la relación con aquello máximamente “Otro”- van a decantar en la aparición de la Ilustración y la Revolución francesa, el mayor descaro contra “la Otredad”. Si bien el movimiento cultural ilustrado se vive de manera distintas en diversos lugares de Europa, el impacto de lo ocurrido en Francia es sintomático de una enfermedad que se irá propagando incluso más allá del continente. Nace el voluntarismo y la concepción de lo revolucionario. Se confía en la capacidad de la voluntad humana de construir el Cielo en la Tierra, un orden basado en la razón, pretendidamente infalible. Como dice Hannah Arendt, hasta ese momento, jamás habíamos visto nada igual: se plantaban las semillas de lo que luego será una época de desdén injustificable hacia la “Otredad”. Ahora, los problemas planteados por lo absolutamente “Otro”, no solo son fácilmente asumibles, sino, supuestamente, manejables y manipulables. Hay que destruir al cristianismo y las bases de su orden establecido. ¿Echaremos en falta a Dios? Pues, como dice Voltaire, habrá que crear otro Dios para ese trono: la Razón. ¿No todos se sujetan a la voluntad racional del pueblo que toma ahora las decisiones? Pues hemos de exterminar a los que no “comprenden” la alta moralidad humana del pueblo, cuya existencia justifica la búsqueda del orden perfecto, diría Robespierre. Habrá que obligar a los individuos “a ser libres”, según Rousseau. Todo tiene solución si confiamos en la “Razón” y, si no sabemos las respuestas aún, estas llegarán. Hay que hacer camino al andar. Por todo esto es que el gran problema, desde entonces, es cómo darle sentido o legitimidad total al orden que se establezca al margen de “la Otredad”, pues sus designios, de serlos, ya no son escuchados, ni importantes. Y la sordera resonará fuertemente en la siguiente época.

Entonces, tras las furibundas críticas elaboradas por los filósofos e intelectuales de la primera mitad del siglo XX, quienes vieron los problemas evidentes que esa “Razón” omnipotente, instalada tras la locura de la Ilustración, acarreó durante lo que quedó del siglo XVIII y todo el XIX, influenciados todos por la profundidad filósofica de Nietzsche, lamentablemente llegará otro conjunto de pensadores que no entendieron correctamente al alemán, y cuyo pensamiento moldeará la época posmoderna. El mal entendimiento del filósofo estará mediado por la finalidad política que los guiaba, puesto que no era un asunto de no contar con las herramientas intelectuales para elucidar las críticas nietzscheanas, sino el buscar, por medio de ella, conformar la base conceptual para erradicar al “Sistema”, entendiendo que él es parte de un esquema opresivo. Siguiendo las líneas revolucionarias asentadas en Francia, la posmodernidad intentará comprender la Historia bajo la marcha de un individuo que es capaz de soltar las amarras, las cadenas que han impedido al hombre evolucionar. Y esa “evolución” se traduciría en suprimir cada vez más a la “Otredad” y los problemas que nos plantea. De esta manera, el hombre posmoderno preferirá no asumir la dinámica de relación entre el sujeto y la “máxima otredad”, evadirá los vínculos que nos unen con ella, y el “Dios ha muerto” de Nietzsche tenderá a celebrarse como el mayor logro en la emancipación humana. Pero, claro, no bastaba con matar a Dios, puesto que la Revolución francesa, al momento de erigir a la Diosa Razón, estaba reemplazando la presencia opresiva y problemática de la “Otredad” simplemente por otra. Para lograr los fines que la impronta marxista -heredera natural de las enseñanzas francesas- había inculcado en los resentidos hombres de finales del siglo XIX y comienzos del XX, sin caer en los errores del leninismo-stalinismo que solo había logrado instalar el socialismo en un pueblo de campesinos, como era Rusia, se tenía que iniciar un proceso de deconstrucción de la cultura, asesinando a la molesta “Otredad” y a la figuración del individuo en relación con ella: la definición del Hombre. En razón de ello, es que Foucault matará al Hombre, pues la definición construía límites a la absoluta libertad que se buscaba respecto de la “máxima otredad”. El lenguaje forja límites, define, controla a los entes en la medida que se comprende por medio de ella la naturaleza de las cosas. O, al menos, esa es la pretensión mágica del lenguaje[2]. De ahí que bajo las “Palabras y las cosas” haya opresión y, por lo mismo, ya no puede existir una definición de Hombre. La emancipación total del hombre requería subvertir el orden y eso no se logra sin destruir todos los resabios de esa relación servil con la “Otredad”. De ahí a Mayo del 68’ y sus estentóreas frases como “Prohibido prohibir” o “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, había solo un paso. La libertad total hipostasiada permitiría una rebeldía radical contra la “Otredad” y, finalmente, la renuncia a esa relación: la Nada.

Finalmente, el problema en todo esto es que el trato con la Nada es precisamente eso. El nihilismo implicaba, según estos pensadores y filósofos, la libertad total. Sin embargo, la dinámica descrita es el modo relacional básico de nuestra estructura ontológica fundamental. Según la “Otredad” es que nos definimos y nos comprendemos. Más allá de los episodios de rebeldía, la “otredad absoluta” nos permite, quieran o no, visualizar el qué somos y cómo somos, en la medida que nos diferenciamos de ella. Al rehuir de esa relación, ya no tenemos contención ninguna. No hay pared que nos limite y, entonces, ¿qué nos sostiene? La imagen que debiese tenerse al respecto es la del árbol en crecimiento. Imagínese que este aborrece a la pared que no le deja crecer libremente hacia donde quiere ir y, sin embargo, en la justa medida que le confronta, va subiendo hacia el cielo, en pos de su mayor altura. A continuación, engrosa sus raíces, toma asiento en el lugar que será, de no mediar interrupción, su hábitat. Se generan los vínculos necesarios, se significa lo qué se es y la tierra que nos permite perfilarnos. Pero, si la confrontación no existe, entonces, ¿cómo crecer? No hay camino al desarrollo si nos escapamos de esos problemas y de la relación íntima que tenemos con aquello “Otro” que nos sobrepasa y embarga. Entonces, entendemos en un sentido mucho más pesimista esa idea heideggeriana de que estamos “arrojados al mundo”, puesto que sin lo “Otro” no hay “mundo”, luego, no somos en absoluto y estamos arrojados en la Nada.

Por todo esto es que la Historia claramente nos otorga claves para comprender que la posmodernidad no ofrece cosa alguna de valor. Un hombre sin mundo, sin “Otredad” es un sujeto sin cosmovisión. La palabra “Cosmo” atiende a la idea de orden, en el que un individuo tiene un papel y lo “absolutamente Otro”, también. Ser posmoderno es abominar de ese orden, y reemplazarlo por nada. Y, tal como establece el dicho griego, ex nihilo nihil, es decir, nada proviene de la nada. Por lo mismo, la época en la que vivimos no nos ofrece las herramientas necesarias para desarrollarnos y crecer, solo la tara inexorable de un hombre sin vínculos, sin raíces, sin “Otredad” con la cual chocar. Sin dudas, estamos en el peor período de nuestra existencia.     


[1] Utilizo aquí una conceptualización muy al uso en ciertos círculos filosóficos que plantearían tres ámbitos de asimilación del “dato”. De ahí que se establezca el hombre se informa, entiende o comprende. Para nuestro cometido, es importante analizar la diferencia entre “entender” y “comprender”. La ciencia “entiende”, pues relaciona causalmente los fenómenos, explica el “por qué” de los acontecimientos. En cambio, la filosofía y la teología buscan el “para qué”. Ellas comprenden los fenómenos, les otorgan sentido. Esto se relaciona claramente con el aserto heideggeriano de que “la ciencia no piensa”.

[2] En el arte rupestre, o los primeros atisbos de la misma en cuevas como Altamira o Lascaux, se entendía que los dibujos de toros representaban un acto de magia por el cual se auguraba éxito en su caza al día posterior. 

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Filósofo y Profesor. Máster en Política y Gobierno. Autor del libro “Girar a la derecha. Lineamientos para una reacción del sector” (2021). Miembro de Revista Individuo.

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